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Lágrimas de hombre

Un país en duelo sintió como propias las lágrimas de Luis Advíncula. La dolorosa derrota ante Australia nos confrontó con esa imagen que ya es usual en el deporte mundial: los hombres también lloran. El llanto público de Pelé, Messi o Federer emociona a muchos, pero por qué sigue siendo un signo de debilidad en la esfera privada. María José Castro Bernardini explora algunas respuestas.

Las lágrimas de Luis Advíncula fueron las mías, las nuestras. Pero sobre todo fue su llanto. Lloró por nosotros y por él. El dolor de un hombre que nació en Chincha en 1990, que debutó en el Juan Aurich y hoy juega en el Boca Juniors, que sabe lo que es el racismo porque lo ha sufrido en su vida profesional, que ha saboreado el triunfo, pero que también falló un penal que pudo haber cambiado nuestro duelo por gloria.

Él sabe que el tiempo pasa y parece complicado mantenerse cuatro años más en la selección. Y nosotros sabemos que su llanto no es debilidad sino frustración ante un error; que su dolor es legítimo y sería extraño no expresarlo; que las lágrimas no pueden castrarse porque hacen daño; que el llanto de los hombres no debe ser aceptado solo en el deporte.

El duelo y la lágrima

Desde la psicología se entiende que luego de una pérdida pasamos por el duelo. Las pérdidas pueden ser diversas y complejas de explicar. Van desde el desamor, la frustración por no lograr algo en lo que trabajamos años, la migración forzada, naturalmente la muerte y un larguísimo etcétera. Tras ello, viene un proceso complejo de ajuste emocional. ¿Qué significó para los peruanos perder contra Australia y perdernos otro mundial? ¿Adónde se ha ido nuestra ilusión de ver los estadios qataríes llenos de llamas inflables o incas millennials? ¿Cómo expresamos nuestro lamento frente a esta pérdida?

Para algunos, el duelo nos obliga a mirar cara a cara al dolor, nos recuerda que somos frágiles y no tenemos control de todo. Y vaya que los peruanos lo sabemos, si en los últimos años hemos abrazado el dolor muchas veces. Para el psiquiatra, Jaime Jiménez Hernández, esto se agrava en realidades tan críticas como el Perú. “Si se suma que estamos en un país en crisis total, no solo de salud, económica y política sino también hasta ecológica, si no tenemos válvulas de salida aunque sea para soñar con ver a la selección en Qatar, comienza a haber problemas de desesperanza aprendida”, señaló en una entrevista para el programa Hora de Cambio de la  Red de Comunicación Regional.

Pese a lo complejo que parece aceptar nuestra vulnerabilidad es necesario hacerlo. Para Brené Brown, profesora e investigadora de la Universidad de Houston, si bien este sentimiento aparece junto al miedo o el dolor también hace visible nuestro sentido de pertenencia, la empatía o el amor. ¿Por qué nos ocultamos cuando estamos tristes?, ¿por qué podemos celebrar la victoria, pero el silencio nos aturde cuando llega la derrota?

Cuando lloramos hacemos visible nuestra tristeza, evidenciamos frente a nuestro entorno emociones íntimas y de fragilidad. En los noventa, Charly García cantaba “las lágrimas me hablan. Y están dentro de mí”. Y aunque el llanto sea un acto natural es visto socialmente como una expresión de debilidad e incluso de cobardía sobre todo en los hombres.

Boys don´t cry

La fuerza es una característica asociada a la masculinidad. Desde una perspectiva clásica –y bastante conservadora- los hombres fuertes aguantan, son directos, no se vinculan con sus emociones y por supuesto no lloran. El hombre también debe seguir el mandato social sobre los roles de género. Pese a que cuando son niños las lágrimas son parte de su cotidianidad, cuando crecen deben castrarlas para proyectar una imagen que genere respeto. Pero esta regla implícita es tan absurda como artificial pues si los hombres no lloran ¿tampoco sienten, se emocionan o tienen miedo?, ¿cómo expresan su fragilidad y sus emociones más oscuras?      

“La masculinidad no es que signifique una incapacidad para sentir, sino que supone una necesidad de ocultar la emoción y, al mismo tiempo, para facilitar ese proceso e incluso manifestarnos como más masculinos. Lo que hacemos es transformar ese sentimiento que supondría el llanto, si se dejara fluir libremente, en expresiones de ira”, mencionó Miguel Lorente, médico forense especialista en masculinidad y violencia de género, en un reportaje del diario chileno La Tercera.

Aunque en muchos aspectos lo deportivo evidencia la forma en que nos relacionamos como sociedad, no podemos negar que hemos visto a muchos hombres llorar. Federer nos ha dejado compartir su emoción, tal como lo consignó un artículo de ESPN. “Hay gente que me dice que lloro mucho después de grandes victorias o derrotas. Algunos ni siquiera sonríen cuando ganan y otros no dejan de hacerlo durante semanas después de ganar. Yo soy esa clase de personas que deja que las lágrimas fluyan. Así lo hago porque me acuerdo de un entrenador que tuve que me dijo que no llegaría a nada en el tenis”. 

Roger Federer, una de las leyendas vivientes del tenis, no oculta nunca sus lágrimas. AGENCIAS

Heung-Min Son, al ser eliminado del Mundial de Rusia 2018, lloró desconsolado por tener que pasar por el servicio militar. ¿Por qué se puede llorar en la cancha, pero no en la casa?, ¿por qué se acepta el llanto televisado frente a la derrota deportiva, pero se juzga a un niño que llora en el colegio?, ¿por qué la gente se ríe de ver a un hombre llorar con una película? ¿Será que pensamos que el deporte en el fondo es un juego o porque a nuestros referentes podemos permitirles actos que no abrazaríamos de nuestras parejas, padres o amigos?

Desde la perspectiva de Imma Puig, psicóloga especializada en deportistas, el llanto de los futbolistas (o de los deportistas, en general), tiene que ver con la representación de un sentimiento colectivo. “Todo tiene que ver con una emoción compartida: la de los miles de espectadores que les están viendo en un partido. El futbolista, cuando llora, es como que se hace cargo de toda esa emoción colectiva, por eso suele decir cosas como ‘necesitamos que el público nos ayude’. Estos jugadores pueden ganar muchísimo dinero, pero sin emoción, nadie hace nada, y ellos tampoco. Y son mejores en tanto en cuanto son capaces de asimilar esa emoción de esas miles de personas”, explicó a El País de España.

Instrucciones para llorar (o intentarlo)

El acto de derramar lágrimas para evidenciar frustración, alegría, adrenalina o dolor es un llamado de apoyo, de buscar empatía del entorno, pero además se trata de “un esfuerzo que cansa y relaja, por eso después de llorar uno se siente mejor”, como explica Fernando Guzmán Aguilar en un artículo de la Gaceta UNAM a partir de una charla con Alicia Castillo Martínez, coordinadora de evaluación de la licenciatura de Neurociencias de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México).

Hemos visto el sollozo de Messi, Ronaldo, Neymar, Pirlo o Pelé ante una despedida o una derrota. Todos, como cantaba Agua Marina, nos han mostrado sus “lágrimas de hombre. Que lloran como un niño”.

Como llorar es parte de nosotros, podemos intentar seguir las instrucciones de Cortázar para hacerlo. “Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos”.

Aceptar el llanto en los hombres podría vincularnos más con la sensibilidad y menos con la violencia. Así que, como dijo alguna vez Moria Casán: “Si querés llorar, llorá”. ~

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