Tu opinión no importa

Tu opinión no importa

Nikko Ponce será Paolo Guerrero en la serie de Netflix “Contigo Capitán”. Que un actor blanco haga de un futbolista afrodescendiente ha traído la reflexión del escritor y periodista Leonardo Ledesma Watson sobre el poco pensamiento crítico, el status quo y el silencio sobre el racismo y el whitewhashing.

Mi madre es una mujer negra y mi padre es un hombre blanco. Ahora, ¿qué significa ser negro y ser blanco? ¿Estamos hablando de una cuestión estrictamente fenotípica en la que uno pone el brazo al lado del otro y empieza a cuestionar el hecho de que la paleta de colores epidérmica varíe ligera o abruptamente? ¿Cuán valiosa es nuestra opinión sobre cuestiones que aparentemente nacen de preconceptos con los que hemos convivido, que se cree pueden ser abordados desde la intuición y no desde la reflexión y que nos llevan a decir que todos tenemos “de inga o de mandinga”? ¿Cuán poderosa es la propaganda ideológica a la que se nos han expuesto y que determina de manera loable —pero a su vez perversa— que todos “somos iguales” o que “las razas no existen”?

¿Qué hacer cuando alguien, un periodista reputado o una persona a quien te cruzas en el semáforo saca la carta del “estudio científico dice” y sentencia, tajante, que “todos somos mestizos”? 

A pesar de las preguntas surgidas, sin embargo, este no es un glosario de cómo responderlas. Si bien la lógica de la red y nuestra configuración mental nos orillan a encontrar respuestas, existen razones sobre el racismo, la ‘racialización’, los constructos, el privilegio, la hegemonía y otros términos, que no son opinables —aunque parecen— y que a) Quienes nos consideramos personas negras/afrodescendientes y hemos sido racializadas, nos hemos cansado de explicar. b) Son las dudas las que dan paso a los cuestionamientos y por defecto a la utilización del pensamiento crítico. c) Los procesos de reflexión además de particularísimos, son también procesos empáticos en el que uno tiene que saber desde dónde habla y desde dónde calla. Y d) La revisión es el síntoma de una pregunta elemental: ¿No será que —casi— todo lo que sé sobre un tema que no he estudiado y que no he sufrido y que no entiendo de un fenómeno estructural —como el racismo— está mal?

El papel de Doña Peta, interpretado por Magdyel Ugaz en la película “Guerrero”, generó una ola de críticas. CAPTURA DE LA PELÍCULA.

En 2017, la escritora española Desirée Bela-Lobedde, escribió en el prólogo del libro Por qué no hablo con blancos sobre racismo, de la periodista británica Reni Eddo-Lodge que esta autora “ayuda a derribar esa idea”, de que la discriminación racial va desapareciendo, “y lo hace de manera contundente, y con eso que tanto les gusta a algunas personas blancas que aportemos cuando hablamos de racismo: datos”.

En el Perú, hace diez días, se anunció una nueva producción audiovisual, esta vez a cargo de Netflix, sobre Paolo Guerrero llamada Contigo capitán. Una serie biográfica basada en aquella época previa al Mundial de Rusia 2018, en la que el capitán peruano trató de probar su inocencia frente a la Asociación Mundial Antidopaje (WADA) alegando no haber consumido ninguna sustancia ilícita. Tras ello, la gran develación: el encargado de interpretar a Guerrero será —hasta el momento— el actor Nikko Ponce, un hombre blanco. Luego, además de las felicitaciones, apareció en el aparato del social media el primer cuestionamiento: ¿Es esto un whitewhashing descarado y, entre tanta felicitación y orgullo patriotero, no lo vemos? Después, aparecen otras controversias y, además, las respuestas: “Acomplejados”, “Envidiosos”, “De todo se quejan”, “Qué más quieren que lo va a interpretar Nikko Ponce que es tan guapo”, y un sinfín de enunciados embusteros pero populares.

Hubo periodistas que incluso se animaron a escribir sobre el asunto, como la respetadísima Patricia Salinas, quien en su columna de Caretas se volcó a la explicación científica (usada hoy como trampa dialéctica) de que “las razas no existen”, a lo que el activista afroperuano y analista político Owan Lay, respondió con un oportuno hilo de Twitter.

A mí sobre el tema me sorprenden muchas cosas: primero, ver a personas —a las que considero serias y que tienen el privilegio y el capital educativo— lanzar preguntas o justificaciones sobre el tema aduciendo que Paolo Guerrero “no es tan negro, ni afro en sí, sino una mezcla”. No, no es una cuestión de cuán poco negro es alguien, cuán blanco es otro o cuánto me parece a mí que tal se parece a tal, sino de reflexionar sobre un sistema que deja de lado la representación y “no ve” un problema cuando, precisamente, ese es el problema: que no lo ve.

Segundo: hay que leer cada cosa de personas que creen que el racismo estructural es una opinión, y no, no lo es, es una práctica probada de manera histórica y por varias disciplinas. Además del blackface o el whitewashing que no hacen más que evidenciar un inconsciente colectivo bastante cuestionable y, muchas veces, cómplice e infame.

La periodista y dramaturga Regina Limo explica con claridad lo que se ha mencionado y reflexionado por tantísimo tiempo por grupos de activistas: “La gran mayoría de la ficción que consumimos ha sido producida e interpretada por gente blanca. Se han convertido en el modelo, por eso a nadie le hacía ruido que un blanco intérprete a un faraón. Pero eso no es nuevo ni lo inventó el cine. Tu ves el cuadro de Moisés rescatado de las aguas, y son todas señoras renacentistas sacando a un bebito de un río que parece el Sena, no el Nilo”.

Paolo Guerrero, ícono deportivo y social de las últimas décadas. Su influencia trasciende las canchas. CELSO PUPO / SHUTERSTOCK

Continúa la reflexión: “La esclavitud y la colonización han impedido a personas racializadas el acceso a la producción e interpretacion de ficciones. Por eso lo blanco se convirtió en el modelo para todo, incluyendo lo afro. Acá hicieron Matalache pintandole la cara a un blanco porque fueron incapaces de pensar en actores afro. Y es simplemente porque el racismo formó así a las sociedades para que la gente no blanca, aunque no estuviera legalmente esclavizada, tampoco ocupe lugares de representación”.

Si bien estas ideas no son concluyentes o absolutas y se diseminan entre personas interesadas por el tema y/o racializadas, es el gran grueso el que todavía se resiste a adoptar una actitud de aprendizaje sobre el asunto.

Además, algo que llamó mi atención, más allá de una disputa discursiva, es la poca coherencia de parte de Netflix, ya que en 2018 el gigante del streaming contrató a especialistas en “inclusión y diversidad” para hacer de sus producciones un espacio menos hegemónico pues, según la Asociación de Directores de Estados Unidos, solo el 29% de los programas de su servicio era dirigido por mujeres y personas negras. ¿Y en Latinoamérica qué pasó?, me pregunto.

En el Perú, según el censo del INEI de 2017, de la población total del país solo poco más de 800 mil personas se reconocen como afrodescendientes, de las cuales el 80% vive en zonas urbanas y el 20% en zonas rurales ¡No son mayoría, son poquitos y quieren estar en todos lados!, me dijeron directamente en algún momento. “Somos choferes, bailarines o futbolistas”, respondí con sarcasmo. Hoy pienso que lo último, lo de futbolistas, solo en la vida real, porque en la pantalla mejor que lo haga otro, ¿no?

Adelante, pongan al blanco, es lo de siempre.

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Escrito por

La primera vez que sudó consciente fue por diversión. La segunda, por miedo. Hijo único y nieto único, no tuvo con quién andar en su primera infancia hasta que salió a la calle donde se jugaba al fútbol corriendo, se iba al colegio al trote y se cogía el bus a la universidad al galope. En todas estas actividades, desde que nació hasta que se hizo grande, se sudaba. Después empezó a escribir y se dio cuenta de que no había más fluidos recorriéndole el cuerpo, y empezó a hallar su lugar en el mundo. En medio de esa aparente calma y paz, fue después que entendió que el periodismo y la literatura eran tan físicos como mentales, hasta que lo alcanzó la paternidad y tuvo a Rafaela, su primera hija. Ese día, sudó frío.

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