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Toque de queda

Lo ocurrido con la programación del partido copero de Sporting Cristal este martes 5 de abril es la mejor metáfora para describir al gobierno de Pedro Castillo: improvisación, titubeo político y tribunas vacías. La peor crisis del actual régimen será recordada por coincidir con el accidentado inicio de la participación peruana en la fase de grupos de la Copa Libertadores 2022

Los jugadores de Sporting Cristal podrán contar, en algunos años, que el partido ante Flamengo por la Copa Libertadores 2022 tuvo cuatro versiones antes de jugarse: el que se programó para el martes 5 de abril a las 7:30 pm; el que decidió disputarse sin público el mismo día y a la misma hora; el que prefirió postergarse para otra fecha; y el que recibió el visto bueno para jugarse, sin hinchas, pero media hora después del horario pactado inicialmente. Todo bajo un manto de tensión política y una aguda crisis social.

Y dada la ola de protestas en el país, desde la semana pasada, los jugadores de Sporting Cristal también podrían contar en el futuro que el 5 de abril del 2022 no solo fue la fecha de su debut copero, sino también el inicio de la caída del gobierno de Pedro Castillo. La incertidumbre vivida durante toda la jornada, respecto a la disputa del partido entre Cristal y Flamengo, bien puede sintetizar el presente del exlíder sindical en el poder. Las idas y venidas, con decisiones atolondradas y reculadas de último momento evidencian un panorama sombrío, con un impacto directo en la población: en el caso del fútbol, los hinchas celestes tuvieron que perderse el partido y el club rimense dejar de facturar más de un millón de soles en taquilla; pero a nivel de Lima y Callao, la inmovilización por toque de queda, decretada casi a la medianoche del lunes, ha significado pérdidas, no solo en la economía nacional, sino, sobre todo, en los bolsillos de las familias más vulnerables.

Por supuesto, el fútbol siempre será lo más importante de lo menos importante. Pero en esta ocasión ha servido de escenario para evidenciar la deriva del actual gobierno. A treinta años, exactamente, del autogolpe de Estado de Alberto Fujimori, Pedro Castillo optó por el camino autoritario. Decidió rendirle tributo al dictador con una medida injustificada. Es cierto que las protestas sociales en regiones como Junín e Ica requerían ser atendidas, pero, como mencionó la expremier Mirtha Vásquez en Twitter, la solución no era reprimiendo, ni encerrando a Lima y Callao bajo el pretexto de supuestas amenazas de saqueo. El escaso respaldo popular que mantenía Castillo (quizá su único capital político) ha entrado en cuestión tras una medida abiertamente inconstitucional.

Así como a Sporting Cristal le tocó debutar ante Flamengo sin hinchas en el Estadio Nacional, Castillo tendrá que empezar a enfrentar lo que resta de su mandato (no se sabe cuánto) con una tribuna cada vez más despoblada. El ciudadano común, habitualmente desconectado del debate público o desencantado de sus autoridades, empieza a notar la crisis política en situaciones cotidianas, aparentemente prosaicas, que altera el desarrollo de la vida diaria: en Huancayo, las protestas paralizaron la ciudad, generaron la suspensión del Sport Huancayo vs. Alianza Lima y acabaron con un saldo trágico de cuatro fallecidos. El ciudadano, que decidió apoyarlo en la segunda vuelta para cerrarle el paso a la candidatura de Keiko Fujimori, empieza a tener motivos para cuestionar su legitimidad. 

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La actual crisis política, sin embargo, no solo se explica con Pedro Castillo. Haríamos bien en no olvidar que esta saga de terror empezó en 2016 desde la victoria de Pedro Pablo Kuczynski y la actitud obstruccionista de la bancada fujimorista en el Congreso. Desde entonces, la crisis se fue agudizando con episodios cada vez más insospechados. La llegada al poder de Castillo terminó siendo el resultado de un hartazgo generalizado. Por lo tanto, ni la exigencia de un mea culpa a los que votaron por él, ni su salida remediará el problema de fondo: la endeble institucionalidad que padece el Perú. 

En la guerra ideológica que han decidido librar algunos actores de la escena pública (partidos políticos, empresarios y hasta conglomerados de medios), Castillo es presentado como la razón de todos los males. El enemigo público número uno. El dictador que cubanizaría el Perú. Lo cual tan solo ha permitido que muchas de las críticas a su gestión —dubitativa, ineficiente y opacada por denuncias de corrupción— sean caricaturizadas. El alza de los productos, por ejemplo, sí es un reclamo legítimo de la población. Un motivo de descontento que genera consenso: al presidente hay que exigirle soluciones, pero sin perder de vista el contexto internacional con una guerra en Europa que aún no ha acabado y una pandemia latente. La calle, pese a lo variopinto de los sectores que confluyen en las protestas de estas horas, terminó logrando lo que la oposición no: poner contra las cuerdas a Castillo.

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En Chile, hace un par de años, un amistoso de la selección roja tuvo que suspenderse por el estallido social. En Venezuela, los más de 120 muertos debido a las protestas contra el régimen de Maduro generaron la suspensión del choque entre Estudiantes de Mérida y Argentinos Juniors por la Copa Sudamericana 2019, y el año pasado, aquí nomás, Colombia perdió la coorganización de la Copa América a causa de la situación que vivía el gobierno de Iván Duque, producto de las movilizaciones reprimidas con brutalidad por parte de la policía. El fútbol, ahora en el Perú, vuelve a ser el lienzo en el que se plasma la crisis social y política. Es imposible hablar solo de resultados.

Pedro Castillo vive su propio toque de queda. Más inmovilizado que nunca. Las consecuencias empiezan a sentirse a todo nivel, incluso, en los escenarios ‘menos politizados’ como los espectáculos deportivos. Más allá del perjuicio directo a Sporting Cristal, resulta positivo que la ciudadanía en las calles haya logrado que el gobierno diera marcha atrás en una medida autoritaria. Sin embargo, es también un deber de la ciudadanía, al margen de las camisetas políticas y las posturas ideológicas, evitar que azuzadores de turno lleven agua para su molino y que una eventual salida de Castillo del poder sea aprovechada por sectores decididamente golpistas y antidemocráticos para tirar a la basura uno de los mayores consensos nacionales de los últimos años: una verdadera lucha anticorrupción que ha empezado a dejar en evidencia a lo más nauseabundo de la clase política y empresarial.

Quizá no sea tan casual que en algunos años los futbolistas de Sporting Cristal, y todos en general, podamos seguir recordando el 5 de abril como la fecha para no olvidar que jamás se debe pactar con el autoritarismo. Ni con el torpe y desesperado de Pedro Castillo, ni con los que de aquí en adelante puedan venir. Sobre todo con aquellos que busquen reivindicar al peor régimen autoritario de la historia reciente, encabezado por Alberto Fujimori. Que el 5 de abril no sea usurpado por las mafias de siempre. Memoria y dignidad. ~

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