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Mario Vargas Llosa y su pasado en Cochabamba.

Una escuela compartida

Raúl Tola driblea entre Perú y Bolivia para contar un partido que también se juega entre las letras de Vargas Llosa y Paz Soldán. Más cercanos que enemigos, un repaso por los partidos, pero también por la literatura y la política de dos países que en algún momento de la historia fueron uno solo.

Perú debutó en la Copa América en 1927 jugando como local en Lima, donde obtuvo su primera victoria oficial: 3 a 2 frente a Bolivia. Fueron los inicios de una nutrida rivalidad futbolística entre dos países con una historia común antigua y cruzada por peleas y amistes, separaciones e intentos de unificación, que se remonta a los albores de la civilización, pasa por el imperio incaico, el Virreinato del Perú, el nacimiento del Alto Perú, las guerras de independencia, la creación y disolución de la Confederación Peruano-Boliviana, la guerra peruano-boliviana y la Guerra del Pacífico. El tiempo ha generado una mitología propia donde se confunden la verdad y la leyenda, los hechos y las fantasías.

Mi impresión es que entre los dos equipos siempre ha habido más afinidad que enemistad. Una razón es ese pasado compartido, la identidad que existe entre dos países que fueron uno solo y se separaron por razones que se pierden en la noche de los tiempos, pero también la complicidad que generan los pocos éxitos y las muchas frustraciones: las goleadas sufridas, los goles perdidos, las clasificaciones truncas, las eliminaciones prematuras. Estoy seguro de que muchos bolivianos vieron con simpatía la clasificación peruana al Mundial de Rusia 2018, así como los peruanos vimos con simpatía el desembarco en Estados Unidos 94 de la generación de Erwin «Platini» Sánchez y Marco «el Diablo» Etcheverry.

No dudo que eso sintió un peruano estrechamente ligado con Bolivia que, quince años después del Mundial del 94, obtendría el Premio Nobel de Literatura. Como ha contado en innumerables ocasiones, Mario Vargas Llosa solo tenía un año de nacido cuando se trasladó a Cochabamba, donde su abuelo fue contratado para trabajar las tierras de la hacienda Saipina, que los Said acababa de adquirir cerca de Santa Cruz. La familia se instaló en una inmensa casa de la calle Ladislao Cabrera donde Vargas Llosa, por entonces un inquieto niño de pantalones cortos, jugaba con sus primos a imitar las películas de Tarzán y las seriales de los domingos. Era tan travieso que su madre lo matriculó prematuramente —a los cinco años— en el colegio La Salle, con la idea de domesticar sus diabluras. Recaería en la clase del hermano Justiniano, donde le ocurriría el hecho más importante de su vida: aprender a leer. Siempre recordaría ese tiempo «como un Edén» o «una Edad de Oro».

Mario Vargas Llosa flameando la bandera de Universitario, club del que es hincha confeso. Crédito: Andina.

La cordialidad entre los equipos de Perú y Bolivia no pudo ser rota por algunos episodios bastante infames. Cuando el impresentable árbitro chileno Julio Bascuñán todavía no había nacido y antes de que el brasileño Romualdo Arppi Filho sancionara con una tímida tarjeta amarilla la brutal patada que Julián Camino propinó a Franco Navarro, lesionándolo al minuto de juego, o convalidara el gol que Ricardo Gareca hizo después de un jalón de Pedro Pablo Pasculli a Javier Chirinos, permitiendo el empate a dos goles que clasificó a Argentina a México 86, los peruanos supimos lo que era la injusticia, la prepotencia y el descaro gracias a un hombre de rabioso gesto perruno, pantaloncillos por encima del ombligo y estampa poco gimnástica, un yugoslavo nacionalizado venezolano que arbitró el partido clasificatorio para México 70 que Perú y Bolivia jugaron en La Paz: el innoble Sergio Chechelev.

Corrían solo seis minutos del encuentro cuando Roberto Chale abrió el marcador, luego de un córner mal despejado. Las crónicas de la época cuentan cómo, desde ese momento, Chechelev inclinó la cancha a favor de los locales: validó el gol de empate boliviano que se produjo cuando el delantero Raúl Álvarez metió a Luis Rubiños de un empujón en el arco, se comió un claro penal contra Teófilo Cubillas y anuló un gol legítimo de Alberto Gallardo. Luego de esta acción, los peruanos reaccionaron furibundos y se le echaron encima. En medio del tumulto, Chale le propinó una patada a Chechelev que ni siquiera ahí acertó: haciendo caso a las indicaciones de un jugador boliviano, expulsó a Ramón Mifflin.

Ganar en la cancha como en la mesa

Bolivia no ha necesitado de esta clase de artimañas para hacer respetar la localía. En los cerca de cien años que ambas selecciones llevan jugando, Perú solo consiguió ganar dos veces de visita. La primera fue en el partido jugado en Oruro por la fase de grupos de la Copa América de 1975, donde Oswaldo «Cachito» Ramírez hizo el único gol. Para domar los 3,700 metros sobre el nivel del mar, el veloz ariete peruano se valió de una extraña dieta: «Me eché Mentholatum en la sien, la frente, la nariz y comí un poquito».

Esta es solo una de las tantas fórmulas empleadas para domesticar a la altura, ese gran aliado de Bolivia. En este tiempo se han diseñado sistemas de entrenamiento diferenciado y se ha debatido mucho si conviene una temporada de aclimatación o llegar para jugar en el acto, evitando los efectos del soroche. De todos, el recurso más célebre fue ese régimen alimenticio que, en 1996, contribuyó a conseguir un empate sin goles en el estadio Hernando Siles de La Paz, luego de un febril despliegue físico de los futbolistas peruanos. Diseñado por el doctor Jorge Alva, inveterado médico de Universitario de Deportes y las selecciones nacionales, y basado en el consumo de abundantes hidratos de carbono —papa, olluco, camote, yuca—, la combinación fue bautizada en honor al ave que reina en nuestras alturas como «sopa de cóndor».

Hace poco volví a verme con mi buen amigo, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. Acababa de aterrizar en Madrid para emprender la gira de lanzamiento de «La vía del futuro», su último libro de relatos, y propuso que nos juntáramos en un restaurante de comida peruana (la «sopa de cóndor» no estaba incluida en el menú). Edmundo tiene una relación tan estrecha con los escritores peruanos que ha sido admitido como uno más, en su condición de representante del Alto Perú. La pasamos muy bien y nos acordamos de cuando, hace años, íbamos a un bar de paredes de madera del barrio de Malasaña para tomar cerveza barata y consumir uno tras otro los partidos de la Liga. Su afición por el fútbol es antigua y lo ayudó a estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de Alabama, adonde llegó becado por un entrenador ruso. Una lesión le impidió seguir jugando pero, cuando acabó la carrera, ya había leído suficientes novelas de Orwell, visitado bastantes veces la vecina casa de William Faulkner y terminado su primer libro de relatos.

El segundo triunfo como visitante de la selección peruana en Bolivia está mucho más presente porque ocurrió hace poco, en el proceso eliminatorio que permitió romper una sequía de 36 años y clasificar a Rusia 2018. No se obtuvo en la cancha: fue producto de una apelación presentada por la Federación de Fútbol de Chile por la alineación indebida del defensor Nelson Cabrera en el empate a cero goles entre las selecciones chilena y boliviana en el Monumental de Santiago. Antes de ese partido, Cabrera había jugado los últimos diez minutos de la victoria de Bolivia por 2 a 0 contra Perú en la Paz que, automáticamente, se convirtió en un 3-0 a favor del equipo de Gareca. Lo más curioso fue que Chile habría clasificado sin los puntos adicionales, que permitieron a Perú sobrepasarlo en la tabla final por diferencia de goles. Tremenda paradoja luego de haber quedado fuera de Francia 98 también por una diferencia de goles que favoreció al equipo que entonces comandaban Zamorano y Salas.

Las victorias peruanas contra equipos de Bolivia siempre han anticipado buenas noticias, como en la clasificación a Rusia. Pasó antes, en la Copa Libertadores de 1997, cuando Sporting Cristal disputó la final contra el Cruzeiro del Brasil. En los cuartos de final, al equipo rimense —que había dado la sorpresa al ganarle al Vélez Sarsfield de Chilavert — le tocó el Bolívar. Recuerdo perfectamente la noche de la vuelta en el Estadio Nacional, cuando estaba obligado a voltear el 2-1 sufrido en La Paz. El comienzo fue complicado y desde las tribunas comenzaron a bajar los murmullos. Recién en el minuto 31, luego de sufrir una falta a unos metros de área, Nolberto Solano pateó un tiro libre que se estrelló contra el palo derecho, rebotó contra la cabeza del arquero camerunés Thomas N’Kono y se metió a la portería, abriendo el 3-0 que clasificó a su equipo a la semifinal contra el Racing Club. Volvería a pasar hace unos años, en los Juegos Olímpicos de la Juventud Nanjing 2014, adonde el equipo peruano Sub 15 llegó tras quedar primero en el Sudamericano de la categoría que se disputó en Bolivia. Dirigida por Juan José Oré, la selección nacional volvió de China con la medalla de oro.

El cruce entre canchas, territorios, cultura y política

Varios peruanos han destacado en Bolivia, como el arquero Eusebio «Chevo» Acasuzo, quien campeonó con el Bolívar, o el delantero huaralino de ascendencia japonesa Jorge «Koki» Hirano quien, además de campeonar con el mismo equipo, salió goleador del campeonato boliviano. En 2017, Roberto Mosquera llevó al Jorge Wilstermann a los cuartos de final de la Libertadores.

A los bolivianos, en cambio, no les ha ido tan bien en tierras peruanas. El último del que hay noticia es Henry «el Messi boliviano» Vaca, que llegó hace un par de años a Universitario y resolvió su vínculo de mutuo acuerdo después de jugar solo ocho partidos, cuando todavía le quedaban seis meses de contrato. Es el mismo que fue expulsado en el último partido de eliminatorias en La Paz, luego de una violenta entrada contra Alexander Callens.

Pero quizá el caso más notable fue el de Luis Esteban Galarza, paraguayo nacionalizado boliviano, considerado uno de los mejores arqueros en la historia de este país, quien ostenta el récord como el jugador más veterano en disputar un partido de la Copa Libertadores. El 17 de abril de 1995 tenía 44 años y 81 días, cuando el Wilstermann visitó por la fase de grupos al Cristal. Hacía solo un mes había caído goleado 6 a 1 por Alianza Lima y volvió a Lima para quitarse esa espina. Pero esa noche, el equipo de Palacios, Solano, Jorge Soto, Julinho y Maestri hizo que Galarza colgara los guantes y se despidiera del fútbol con siete goles embocados.

Quizá los equipos que guardan mayor cercanía sean el Bolívar y el Cristal, que incluso comparten el color celeste en sus camisetas. En ambos fue ídolo y goleador Horacio Raúl «la Pepa» Baldessari (quien también jugó por el Blooming, Oriente Petrolero y Destroyers) y tuvieron como gerente general a Carlos «el Chino» Benavides, quien dejó al Bolivar en mayo de este año.

Otra prueba es el club Binacional. El campeón peruano de 2019 (que, en una de esas volteretas habituales en nuestro fútbol, acaba de perder la categoría en una definición por penales a manos del Carlos Stein), fue fundado en Desaguadero, capital de la provincia de Chucuito, departamento de Puno. Su nombre se debe, justamente, a que la ciudad queda en la frontera entre Perú y Bolivia, a solo tres horas por carretera de La Paz. Curiosamente, el Binacional fue sacado campeón por Roberto Mosquera a la vuelta de su experiencia boliviana.

La frontera del Desaguadero es una zona donde, además del futbolístico, ambos países mantienen un intenso intercambio turístico, comercial —legal pero, sobre todo, de contrabando— y también cultural. Nadie para probarlo como Gamaliel Churata, cumbre del vanguardismo y el indigenismo peruanos. Nacido en la ciudad de Arequipa como Arturo Pablo Peralta Miranda, Churata se trasladó de niño con su familia a Puno, donde creció, estudió, se afincó y comenzó una producción periodística y literaria fecunda y multifacética. Amigo cercano de José Carlos Mariátegui y Carlos Oquendo de Amat, pronto se convirtió en uno de los mayores agitadores intelectuales de su tiempo con la fundación y dirección de colectivos culturales y políticos como el «Grupo Orkopata», «Bohemia Andina» y «Gesta Bárbara» (creado en Potosí).

Perseguido por Sánchez Cerro por sus ideas de izquierda, Churata tuvo que exiliarse en Bolivia en 1932. Su idea era permanecer en La Paz por unos días, pero su estadía terminó extendiéndose por más de treinta años, en los que desarrolló buena parte de su obra (ahí publicó «El pez de oro», su libro capital) y mantuvo su espíritu inquieto, llegando a ocupar un lugar central en la escena literaria paceña, siempre próximo a la realidad del campesinado y la clase obrera. Por su infatigable actividad, en 1957 se le concedió el Premio Nacional de Literatura de Bolivia, que Churata rechazó por considerarse un escritor peruano. Luego de su largo exilio, regresó a Perú en 1965 y murió en Lima en 1969.

En estos años de convivencia, peruanos y bolivianos hemos aprendido mucho: de maldad con Chechelev, de tesón al jugar en la altura, de gastronomía con la «sopa de cóndor» y de literatura con nombres como Vargas Llosa, Edmundo Paz Soldán o Gamaliel Churata. Una historia que se nutre con cada libro, con cada anécdota, con cada partido, como el que las dos selecciones jugarán este jueves, decisivo para sus aspiraciones de llegar el próximo año a Qatar.

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