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Magnus Carlsen, el prodigio noruego que se hizo con la corona en 2013 y que la había defendido con éxito cuatro veces, con el ruso Ian Nepomniachtchi regalando grandes partidas de ajedrez. KATTYA LÁZARO

Errar es divino

Este año, el Campeonato Mundial de Ajedrez nos ofreció un match que parecía iba a terminar para siempre en tablas. Nuestro columnista Jaime Cordero Cabrera analiza la contienda entre Carlsen y Nepomniachtchi, una que solo pudo decidirse cuando el ruso terminó desencajado por un error que nos hizo recordar que los ajedrecistas son humanos.

A lo largo de toda la primera semana del Campeonato Mundial de Ajedrez 2021, lo que más se hizo notar fueron los quejidos de decepción. El match por el campeonato en modalidad clásica –ese en el que tienes tiempo para pensar, el ajedrez ‘de verdad’– arrancó el 26 de noviembre en Dubái. Se enfrentaban Magnus Carlsen, el prodigio noruego que se hizo con la corona en 2013 y que la había defendido con éxito cuatro veces, con el ruso Ian Nepomniachtchi (‘Nepo’, para todo el mundo), ganador del duro torneo de Candidatos celebrado en el 2020.

Chocaban dos ajedrecistas de la misma generación –Carlsen cumplió 31 durante el match y ‘Nepo’ es mayor por apenas unos meses–, pero con estilos diametralmente opuestos. Mientras el noruego es el virtuosismo técnico, la comprensión profunda del juego y expone la frialdad nórdica para exprimir las pequeñas ventajas; el ruso brilla en la turbulencia, en las posiciones complejas donde la victoria y la derrota penden de un hilo.

Se esperaba, entonces, un duelo de estilos. Pero eso, claro, era algo que solo podían sopesar los entendidos. Y este no fue un espectáculo reservado para los expertos en ajedrez. De hecho, podría alegarse que ningún otro duelo por el título mundial concitó tanto interés del público general en todo el mundo desde 1972, cuando Bobby Fischer y Boris Spassky se citaron en Islandia para librar una batalla más de la Guerra Fría sobre un tablero.

ALTA EXPECTATIVA

Varias cosas hicieron a este match algo diferente de anteriores duelos. La primera es que el ajedrez goza de un momento de alta popularidad en todo el mundo. Fue uno de los deportes que menos sufrió las consecuencias de la pandemia y, de hecho, la cantidad de suscriptores en los principales servidores de ajedrez online del mundo se multiplicó. En su momento pico de este boom –mediados del año pasado–, el servidor Chess.com sumaba un millón de nuevos usuarios cada mes, y el volumen de partidas jugadas en dicho servicio se duplicó.

Carlsen y Nepomniachtchi dieron una dura batalla de ajedrez.
El enfrentamiento entre el noruego Magnus Carlsen y el ruso Ian Nepomniachtchi generó gran expectativa por las diferencias de estilo entre ambos. TWITTER.

Gran parte del mérito de esto se lo debe llevar el exitoso estreno de “Gambito de Dama”, en Netflix. Millones de televidentes vieron en la historia de la glamorosa y talentosa Beth Harmon (la de la tele, porque la del libro es un poquitín diferente) un modelo a seguir, y se encontraron con innumerables recursos online para aprender y empezar a comprender el juego. De pronto, los juegos de ajedrez acababan en los escaparates de muchas tiendas. Había surgido una moda. Ahora el ajedrez es una movida con influenciadores en toda línea y estrellas mediáticas como Hikaru Nakamura, las hermanas Botez y las divertidas transmisiones en español de David Martínez y el Gran Maestro Pepe Cuenca.

El otro aspecto llamativo de este match fue la enorme presencia de las computadoras, más que nunca oráculos y jueces despiadados de lo que ocurría sobre el tablero. Las partidas podían seguirse en vivo por varios canales de internet, con grandes maestros de primerísima línea como comentaristas. Allí estaban, entre otros, el excampeón mundial Vishy Anand y Judit Polgar, la mejor ajedrecista mujer de la historia. También Fabiano Caruana, el anterior aspirante al título. Difícil encontrar una mejor oportunidad de aprender ajedrez que escuchar a los mejores del mundo comentando las jugadas de jugadores todavía mejores. Pero, a fin de cuentas, lo que parecía importar más era el veredicto de las computadoras, cada vez más precisas y, por supuesto, implacables.

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A diferencia de lo que pasaba hace algunos años, los comentaristas (y, en realidad, cualquier aficionado con Stockfish descargado en el celular) sabían mejor que los jugadores cuáles eran las mejores jugadas en cualquier posición. Seguir las partidas se convirtió en un juego de adivinación: ¿podrá el jugador acertar con la mejor jugada, la que indica la máquina? De una manera retorcida, sobre ese estrado en la Expo Mundial de Dubái estaban los dos mejores ajedrecistas del mundo, pero como no podían consultar a las computadoras, resultaba que sabían menos que el resto de nosotros.

El acelerado desarrollo de las computadoras ha cambiado radicalmente la forma de jugar al ajedrez, esto es bien sabido. Pero no tanto como alguna gente cree. Los jugadores de élite entrenan y preparan sus partidas con la asistencia de buenos entrenadores y módulos de análisis capaces de procesar millones de posibles movimientos por segundo. Esto abre un mundo de posibilidades, pero que nadie se equivoque: no se llega a ser un buen ajedrecista aprendiendo de paporreta las jugadas que te recomienda un módulo de análisis. Las computadoras no pueden enseñar a comprender las sutilezas del juego, las características únicas de cada estructura de peones y configuración de piezas, menos a valorar correctamente una posición. Desde luego, es imposible para un humano aprenderse de memoria todo, en un juego que admite trillones de posibilidades. Y –tanto o más importante–  no hay computadora que enseñe a lidiar con emociones estrictamente humanas como el nerviosismo, la ansiedad o la frustración.

De eso se trató el mundial que acaba de concluir. Pero antes de llegar a ahí, estábamos hablando de los quejidos de decepción de cierta gente.

TABLAS ETERNAS

El 26 de noviembre, ‘Nepo’ y Carlsen se sentaron para la primera partida de su esperado match. El ruso, que llevaba blancas y por ende la responsabilidad de tomar la iniciativa, abrió la partida avanzando dos casillas su peón de rey. Carlsen respondió haciendo lo mismo y dos jugadas después la apertura española quedó planteada sobre el tablero. Unas jugadas después, el campeón ofreció al aspirante la posibilidad de entrar en el agudo contragambito Marshall, una variante de doble filo en la que las negras entregan un peón a cambio de una fuerte iniciativa y ataque directo al rey blanco. ‘Nepo’ –con buen criterio– evitó ese camino que seguramente Carlsen tenía perfectamente analizado. La partida podía tomar un camino más tranquilo, pero Carlsen insistió en sacrificar un peón a cambio de más dinamismo de piezas. ‘Nepo’ –hay que decirlo– manejó la situación con solvencia y logró una ligera ventaja, pero por desgracia para él, insuficiente para doblegar al campeón del mundo. Fue tablas, pero no sin lucha.

Los quejidos llegaron luego. La segunda partida también fue tablas, igual que la tercera, la cuarta… y la quinta. Empezaron los bramidos de indignación en las redes sociales. ¿Estábamos frente a un duelo de máquinas infalibles? Jugaban con demasiada precisión. En efecto, un análisis publicado en Lichess.com luego de las primeras partidas señaló que la precisión de las jugadas –establecida como la cantidad de veces que la jugada ejecutada sobre el tablero coincidía con la mejor recomendación de Stockfish 14–, estaba por encima de la registrada en todos los anteriores choques por el campeonato del mundo. Los contendores, al parecer, eran tan buenos que no eran capaces de hacerse daño.

Empezó a recordarse el match por el título mundial anterior, en el que Carlsen y el estadounidense Fabiano Caruana empataron 12 veces antes de irse al desempate de partidas rápidas en el que el campeón despedazó al aspirante. Se señaló, con precisión, que no se daba una partida con resultado decisivo por el campeonato del mundo desde noviembre de 2016, la décima del match entre Carlsen y otro ruso, Sergei Karjakin, que al final también terminó en paridad y se definió por la vía de las partidas semirrápidas. ¿Estábamos ante la muerte del ajedrez, un juego resuelto, como el michi? Empezaron a leerse sugerencias: prohibir los empates, definir jugando a velocidad relámpago, acelerar los ritmos de juego para obligar a los jugadores a jugar más rápido y por ende equivocarse más.

En realidad, lo que estábamos viendo era una afición global que clamaba por sangre sobre el tablero y en lugar de eso descubría con poca disimulada decepción que el resultado más plausible cuando juegan dos grandes maestros de la máxima categoría es el empate.

Y entonces, en la sexta partida, irrumpió en el salón el componente inesperado: la humanidad en todo su esplendor. Carlsen, con blancas, abrió con el peón de dama y rápido se salió de los caminos teóricos más trillados. Ofreció un peón en sacrificio –otra vez– y ‘Nepo’ declinó el dudoso presente. El medio juego lucía tranquilo pero de pronto surgió el desbalance: el campeón aceptó canjear su dama por dos torres y se produjo una posición difícil de evaluar sobre el tablero. Para las computadoras estaba clarísimo: había igualdad. Pero para cualquier observador humano medianamente entendido en el ajedrez estaba claro que esto difícilmente acabaría en tablas. Había demasiadas sutilezas, muchas jugadas únicas que encontrar. El tiempo, además, empezaba a faltarle a los dos contendores. Como era de esperarse, antes de llegar al control de la jugada 40 –la jugada a la que ambos tienen que llegar para recibir tiempo adicional en sus relojes– los dos dejaron pasar movimientos que les hubieran dado clara ventaja, incluso decisiva.

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Eran dos humanos jugando, con dudas, nervios, apuro y luego, cansancio. Ajedrez de verdad. La partida se siguió jugando y se llegó a un final en el que solamente Carlsen tenía chances de ganar: rey, torre, caballo y dos peones del blanco contra rey y dama del negro. Las computadoras –obstinación digital– seguían señalando que la posición era igualada. Lo que no decían era que para mantener esa igualdad era preciso que las negras atinen siempre con la mejor continuación posible. Mantenerse con vida en ese final requería una precisión inhumana. Y ‘Nepo’ hizo todo lo posible, pero es de carne y hueso, no de silicio. Finalmente, pasada la jugada 130, cometió el error decisivo y su defensa delicada colapsó.

Ya estábamos en terreno histórico, nunca una partida por el campeonato mundial se había prolongado tanto. Carlsen –frialdad nórdica, precisión casi inhumana– encontró la elegante maniobra ganadora y se anotó la primera victoria del match.

EL DESPLOME DE ‘NEPO’

Fue una batalla épica. ‘Nepo’ cayó con honor. Pero luego nos daríamos cuenta de que no solo había caído, se había desplomado. Vista en retrospectiva, aquella partida marcó el comienzo del final del match, porque el ruso no volvió a ser el mismo jugador duro y preciso de las primeras seis partidas. La séptima, que se jugó al día siguiente de la sexta, fue un empate sin mayor historia. Ambos jugadores necesitaban descansar. La octava dio pistas de que algo raro estaba pasando por la cabeza del aspirante: tras una apertura sosa, Carlsen con blancas ofreció un cambio de damas que hubiera dado pie a un empate sin mayor historia; ‘Nepo’ declinó, pero quedó peor y unas cuantas jugadas después cometió un error impropio de su categoría. Quedó con un peón menos y unas jugadas después estaba efectivamente perdido. La novena fue más de lo mismo: otro error insólito, y esta vez el ruso regaló un alfil, otra victoria para el noruego. La décima fue empate sin mucha lucha, algo muy conveniente para el campeón que ya estaba en posición de match point.

Carlsen terminó imponiéndose sobre ‘Nepo’ con un marcador global de 7,5 sobre 3,5 puntos. TWITTER.

Y así llegamos a la décimoprimera partida. ‘Nepo’, con blancas, necesitaba desesperadamente ganar si quería tener alguna chance de seguir peleando por el título. Al menos eso era lo que un comentarista normalmente tendría que decir. Pero la realidad parecía decirnos otra cosa: lo único que deseaba con desesperación el ruso era terminar con el suplicio de una buena vez. Con negras, Carlsen estaba llevando la partida hacia un nuevo empate, hasta que en la jugada 23 ‘Nepo’ cometió su último error impropio, no de un aspirante al titulo mundial, sino de cualquier ajedrecista de categoría.

Los comentaristas se dieron cuenta de inmediato: la única explicación razonable era que ‘Nepo’ no quería jugar más. Carlsen aprovechó (en realidad la continuación era prácticamente forzada) y se lanzó en un ataque brutal contra el rey blanco, que lo dejó con ventaja material y posicional decisiva. El resto fue ejecución técnica. El campeonato mundial de ajedrez terminó antes de que se llegara a las catorce partidas previstas con un marcador global de 7,5 sobre 3,5 puntos. Carlsen se anotó cuatro victorias por cero derrotas y retuvo su corona con una diferencia sobre el retador que no se registraba en dos décadas.

Hubo sangre, quizás demasiada. Pero, sobre todo, hubo humanidad. ‘Nepo’ y Carlsen nos recordaron que las máquinas pueden jugar mejor que nadie, pero no entienden nada de ajedrez. Que la esencia del juego no es la precisión, sino el error, y que mientras los que jueguen sean humanos –gente con miedo, con nervios, presionada, ansiosa, temperamental, con días buenos y malos– el ajedrez estará lejos de ser un juego ‘resuelto’. La precisión es seductora pero aburrida. No nos equivoquemos: lo que realmente nos emociona es lo imperfecto. Es de la equivocación que nace el desbalance, la emoción y la belleza. Errar es divino.


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