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De la tragedia a la gloria

Exactamente un año después de haber perdido la categoría, Alianza Lima logró la hazaña de consagrarse como campeón nacional. El escritor y periodista Leonardo Ledesma Watson reconstruye una historia de éxito que se construyó desde muy abajo, que incluyó el regreso de hijos pródigos y la aparición de liderazgos impensados.

Hace dos siglos y una vida el poeta inglés William Blake escribió una sátira menipea -que es como un ensayo, pero en joda- cuyo nombre, El matrimonio del cielo y el infierno, hacía referencia a los pomposos tratados religiosos de la época. En él, Blake teoriza y escarnece, investiga la relación entre los opuestos, expone las contradicciones de lo terrenal y lo mitológico, y concluye que el avance no sería posible sin esta diatriba. Bien y mal. Ángel y demonio. Luz y oscuridad. Sima y cima. Alianza Lima el 28 de noviembre de 2020 y Alianza Lima el 28 de noviembre de 2021. Congoja y celebración.

Hoy Alianza Lima, el equipo que hace un año descendió en la cancha y reescribió la narrativa del hinchaje en el fútbol peruano moderno, ha salido campeón de la primera división con un plantel pensado para jugar la segunda, para reactivar las arcas ante su inminente participación en el ascenso, para lavarle la cara a un montón de personas que se equivocaron y tomaron decisiones basados en el poder que te da el dinero invertido más que la preparación, para proponer esa transición que ayudaría a alguien (nadie sabe a quién) a reconstruir algo que se había roto y que iba más allá de imagen o el prestigio y que, con seguridad, iba a terminar en el corazón de la historia del equipo con más hinchada del país, según datos estadísticos serios hasta encuestas de páginas de shitpost.

El 4 de febrero de este año, Alianza Lima presentó un reclamó ante el TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo) para que Carlos Stein perdiese puntos del torneo del 2020 por haber incumplido en los pagos con su plantilla. Cuando aparentemente estos parecían ya no manotazos de ahogado sino de nadador olímpico en vez de un hecho real y sustentable, el 17 de marzo, uno de los abogados del equipo blanquiazul confirmaba que “Alianza es de primera”.

Antes de ello, todos, desde el barrista que encajaba los golpes al bombo hasta el policía hincha que voltea de soslayo a la cancha para mirar mientras cuida o la abuela que a pesar de todo aún se pone la camiseta cada fin de semana, se habían hecho a la idea que la Liga 2 era el destino. Y eso estaba bien. Había que afrontarlo con estoicismo y estaba bien.

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Luego cambió la situación. Alianza ya contaba con un equipo que mezclaba gente joven y de experiencia que sabía a lo que venía: Wilmer Aguirre, emblema del club que estaba más al borde del retiro que de un último aliento dentro del campo, fue convocado para formar parte del plantel que pretendería devolverle un sitio aparentemente reservado por la historia para los de La Victoria. Pablo Míguez, recio volante uruguayo que terminó siendo el defensa más destacado, decidió regresar al equipo con el que jugó sus primeros partidos en el Perú. Hernán Barcos, delantero multicampeón y goleador del fútbol brasileño y del LDU de Ecuador, ex seleccionado argentino que hasta compartió partidos de eliminatoria con Lionel Messi, atendió el llamado y se trasladó desde la cuarta división de Italia con conocimiento de causa y demostrando que el profesionalismo siempre tiene que ir de la mano con el espíritu amateur que te impulsa a cumplir los retos. Carlos Bustos, técnico argentino que había dirigido un año antes a Melgar de Arequipa y que tenía experiencia en ligas de segundo orden luego de su paso por equipo como Toros Neza o Dorados de Sinaloa en México, tomó la batuta y se vistió un buzo que no solo ardía por el papelón del año anterior, sino que lo haría estar en la mirada juiciosa del hincha, uno que siempre está entre la gloria o la muerte, pero jamás negocia la dignidad.

El éxito de Alianza se sustentó en la llegada de jugadores de trayectoria internacional que supieron darle categoría al equipo. Twitter Liga 1

La cereza del pastel fue Jefferson Farfán Guadalupe. El hijo pródigo. La estrella de talla internacional que anunciaba su regreso (luego de que se confirmase que Alianza iba a jugar en primera) entre reportajes de televisión, portadas de diarios, ilusión, pero también algunas críticas debido a lo que le pasa a todos los ídolos en declive: la duda del compromiso. Nadie estaba seguro de cuán “entero” se encontraba el diez de la selección que hasta hacía no tanto jugaba en Lokomotiv de Rusia y que había comentado abiertamente sus problemas con las lesiones. Los más avezados se animaron a cuestionaron de dónde saldría su sueldo, debido a la elevada ficha que entre el club y patrocinadores habían decidido cumplir, incluso con la leyenda urbana de que le habían prometido la propiedad de una estación de servicio de gasolina.

Con todo eso y con el aporte de chicos y no tan chicos que querían hacerse un nombre y confirmar el talento expuesto en otros equipos (Jairo Concha, Edu Oliva, Ricardo Lagos, Jefferson Portales, Aldair Rodríguez, etc) más quienes se habían quedado tras la debacle del descenso (el capitán Josepmir Ballón, Oslimg Mora, etc) y los extranjeros que llegaron “a correr y a sumar” (el paraguayo Edgar Benítez, el argentino Jonathan Lacerda y el colombiano Arley Rodríguez), se completó la columna vertebral del equipo.

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Nota aparte merece el arquero Angelo Campos, surgido de las inferiores de Alianza Lima, que hasta inicio de año había militado en Carlos Stein y que, ante el descenso de este, decidió volver a Matute para ganarse un puesto. Y lo hizo. Los primeros partidos los empezó en la banca y tras las dudas que generó Steven Rivadeneyra, llamado a ser uno de los baluartes de la oncena de Bustos, debutó como titular en la séptima fecha del Apertura ante Binacional y no se fue más.

Ese equipo, que poco a poco fue haciéndose fuerte en defensa, que esperaba por momentos el ingreso de Farfán para la resolución de los encuentros, que anotaba casi siempre sobre los últimos minutos poniendo en vilo a más de uno, que celebraba a través de las transmisiones en directo de redes sociales de su mejor jugador en el año (Barcos), que hoy tiene hinchas con fama de agotar merchandising y camisetas oficiales, que se vio envuelto en polémica sobre el final del año por casos positivos de Covid-19 luego de reuniones sociales de algunos jugadores, y que se entiende más como toda una cultura que como un simple club deportivo, ha sellado un nuevo título ganándole la final a Sporting Cristal (dividida en dos partidos: 1-0, el primero; empate sin goles, el segundo) en un cambio tan meteórico y tan contradictorio como aquella sátira británica que Blake construyó con aforismos tales como “La abeja ocupada no tiene tiempo para la tristeza”. 

Hoy, ahorita, hace un rato, Alianza ya ha gritado campeón.

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