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Los héroes del barranquillazo

En un partido para el infarto, la Selección Peruana se ha llevado tres puntos de oro en su visita a Colombia en Barranquilla. Nuestro columnista Pedro Ortiz Bisso le rinde homenaje a los protagonistas de una hazaña que nos ha colocado en zona de clasificación directa a solo tres partidos de que concluyan las eliminatorias para el mundial de Qatar. Seleccionados como Corzo, Flores, Cueva, entre otros, volvieron a demostrar que pueden ser decisivos.

Cuarenta millones de euros es lo que habría pagado el Liverpool por Luis Fernando Díaz, el extremo colombiano que no pudo hacer una sola gambeta la tarde de este viernes en Barranquilla. El nuevo compañero de Mohamed Salah y Roberto Firmino, que en pocos días recibirá instrucciones de Jurgen Kloop y cada año engrosará su cuenta bancaria con 3,5 millones de euros, no pudo soportar el acoso persistente de Aldo Corzo.

El lateral derecho de Universitario parece haber pasado la víspera revisando una y otra vez la marca pegajosa a la que fue sometido Diego Armando Maradona por Luis Reyna hace 37 años. Como aquella tarde en el Nacional, Aldo no le perdió pisada al guajiro. Lo hostigó, lo cuerpeó, le respiró en la nuca, puso el piecito para anticiparlo y lo siguió hasta cuando la pelota salía al lateral.

Corzo fue una barrera infranqueable. Ninguno de los delanteros colombianos logró superarlo por su banda. TWITTER.

Fue un lento y obstinado trabajo de aburrimiento que hizo rabiar al colombiano. A los 25 minutos se tiró a la derecha, luego intentó buscar un hueco en el centro y cuando vio que ninguna le salía, que Aldo le cortaba la respiración, hasta intentó ganarse la vida como interior. Recurrió, incluso, a las malas artes. Con una bola en el aire como pretexto, le aplicó un cabezazo por detrás al peruano aprovechando que juez Jesús Valenzuela, como tantas veces a lo largo del partido, miraba para otro lado.

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Aldo, el resistido Aldo, el futbolista memeable, la burla del Twitter, el lateral que aborrecen los especialistas, hizo el partido de su vida. Me corrijo: volvió a jugar el partido de su vida. El primero fue hace cinco años en Lima, cuando puso la cabecita que generó el tiro libre que, entre Guerrero y Ospina, nos dieron el pasaje al repechaje para Rusia 2018. Pero el marcapunta no fue el único héroe de este barranquillazo inolvidable.

LA REVANCHA DEL ‘OREJAS’

Cuando se supo que Edison Flores iría al banco en lugar del Gaby Costa, las redes hirvieron. ¡Cómo va a dejar fuera al campeón con Colo Colo!, bramaban los expertos, volcando los índices acusadores sobre Ricardo Gareca, como si al Flaco le faltara hacer algo más para demostrar su sabiduría. Y el Orejas, en la única que tuvo, volvió a callarles la boca a los pontífices del teclado con un zurdazo segado y seco que entró -reconozcámoslo- gracias al flojo achique del golero Ospina.

El segundo gol más importante de Flores con la blanquirroja pegada al pecho —el primero fue hace cinco años, también de visita y ante una selección vestida de amarillo (Ecuador)— tuvo un orfebre de lujo, un artesano diminuto que se sobrepuso al cansancio para fabricar un hueco entre dos torres colombianas. Se llama Christian Cueva, le dicen ‘Aladino’, pero también lo llaman díscolo. Indisciplinado. Inservible. Estoy seguro que el hombrecito de los cabellos puntiagudos, a quien millones siguen sin perdonar su penal errado ante Dinamarca, es el primer nombre que escribe Gareca en su lista en cada convocatoria. No hay otro futbolista peruano con el genio y el panorama de este cumbiambero hablantín, de sonrisa fácil, ávido consumidor de cebada embotellada.

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A ellos y a San Pedro Gallese, patrono de treinta millones de almas desesperadas. Al corazón indesmayable de Renato Tapia. A Marquitos López y su cuajo de veterano. A Callens y la frente de acero de Zambrano. A la sangre derramada de Lapadula. A ellos y a los que a pesar de no estar en una tarde inspirada, no mezquinaron una gota de sudor. A todos les debemos esta hazaña repentina e impensada. Esta alegría que nos recorre el cuerpo y no sabemos cómo explicar. Este deseo irreprimible de romper la distancia social, sacarnos la mascarilla y gritar: ¡Qatar… Qatar… allá vamos! ~

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